Era 1979, mi padre estaba en Estados Unidos como parte de un curso de entrenamiento para la compañía en la que trabajaba entonces, y al llegar a Nueva York lo que más le llamó la atención fue ver en la calles a grupos de habilidosos jóvenes afroamericanos que se contorsionaban sobre un pedazo de cartón al ritmo de la estridente “Funky Music”.
Casualidades de la vida, 29 años después, mi edad, llegué a Nueva York y, al igual que mi padre, vi este maravilloso espectáculo.
Iba por la calle 59 con dirección al Central Park. Estaba acompañada por mis dos compañeros de beca y en la esquina de la 59 con la 5ta avenida vimos a un grupo de fornidos afroamericanos que, mientras pasaban un gigante valde de plástico recolectando dinero de los asistentes, danzaban al ritmo del Hip Hop.
Luego de dejar unos modestos 2 dólares en billetes (el dinero en Nueva York es oro en polvo) levanté mi cámara y comencé a filmar. Pensé en una compañera de Caretas que moriría por estar en mi lugar observando el espectáculo.
Pensé también en los jóvenes y niños que todos los días y a todas horas, verano o invierno, realizan acrobacias o simples truco en los semáforos de las calles de Lima.
Algunos de estos niños son tan pequeños que apenas se los llega a divisar desde los carros y a diferencia de los danzantes newyorkinos, nunca llegan a llenar la canasta de las propinas.
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It was 1979. My father was in the United States as part of a training course for the company he used to work back then. When he arrived in New York he saw on the streets groups of young African Americans who in a skillful way danced on top of a piece of cardboard to the rhythm of the strident 'Funky Music ".
Coincidences in life, 29 years later, my age, I arrived in New York and, like my father, I saw this wonderful show. I was on the East 59th street, going to Central Park.
I was with two of my Dag fellows and in the corner of the 59th with the 5th Avenue we saw a group of sturdy African Americans passing a giant can for collecting money. Then they began to dance Hip Hop.
After leaving a modest 2 U.S. dollars (the money in New York is gold dust) I took pictures and started filming them. I thought about a friend of mine in Caretas who would die for being in my place, watching the show.
I thought also on the teenagers and children back home in Peru, who every day and every hour, summer or winter, perform acrobatics or simple tricks at the traffic lights in the streets of Lima. Some of these kids are so small that the people in the cars can barely watch them, and, unlike the New York dancers, they never fill their tips can.

